6.11.2017

Tinder, Netflix and chill y los dramas




La habitación ya se había llenado pero ella todavía no había llegado. La música invadía el espacio y se mezclaba con los gritos. Cuando entró la vi. Era igual que en las fotos, pero viéndola moverse y desenvolverse hizo que me gustara aún más. En seguida me alegré de haberla invitado. La conocí en Tinder hace semanas y antes de ayer quedamos en vernos por primera vez en la fiesta de un amigo en común. Ella no me veía o fingía no verme. Me mordía el labio y la observaba. Marc señaló hacia mí y ella se giró. Lo recuerdo así ahora, tampoco entiendo para qué doy tantos detalles.

Pasamos esa noche hablando y flirteando. Ella me decía que no esperaba que fuese tan alto y se reía de todas mis bromas. Sabía mucho sobre psicología y teatro y hablamos de todo un poco mientras la acompañé hasta su casa. Nos enrollamos en la puerta, pero no me dejó subir. Me dijo que volviéramos a vernos ese fin de semana. Quedamos para ver un documental sobre asesinos en serie y debatimos sobre la moralidad y la ética mientras bebíamos cerveza. Nos acostamos esa misma noche y, la verdad es que me pillé muy fuerte. Como nunca. O eso pensaba en aquél momento. 

De pronto, pasaron meses y meses. Nos mudamos juntos y parecía de cuento. Bailábamos en el salón por las noches. Ella apoyaba mis proyectos más locos. Todo cambió cuando perdió al bebé. Se distanció mucho y se volvió ausente. Empezamos a discutir todos los días y después de trabajar daba vueltas en el coche alargando el momento de volver a casa. Un día, después de regresar horas más tarde de lo prometido, encontré la casa vacía. El armario sólo revelaba mi ropa. Se llevó el cactus que le regalé, pero dejó al pez que compramos impulsivamente hace semanas, en una de esas rachas cuando pensábamos que estábamos bien. El pez daba vueltas sin sentido y, a veces, se paraba y se elevaba a la superficie. Parecía mirarme, confuso. Dejé las bolsas en el sofá y fui a la cocina para beber algo, pero al rato me encontré sentado en los azulejos del suelo, llorando. Cuando por fin me levanté, me encontré absolutamente roto. Después de toda esa pasión, ese amor, esa fascinación... no quedaba nada.

Ahora que lo pienso, ni siquiera era la primera vez que me pasaba algo así. Era un imán para el caos y para las relaciones raras. Supongo que cuando uno está dentro de una tormenta no tiene que enfrentarse a problemas de otro tipo y buscaba un caos particular para no enfrentarme con mis propios dilemas. Para no indagar en mí mismo. Y lo cierto es que, hace años perdí la noción de quién soy. Tampoco sé si lo he sabido de verdad en algún punto de mi vida. Porque aquella noche cuando estaba en el suelo de la cocina llorando, tenía a alguien: a mí mismo. Pero estando en el punto en el que estamos, tenerse a uno mismo es como no tener nada. Carece de valor. 

Creo que el amor es algo precioso, pero también puede ser una clase de escapismo, sobre todo si uno salta de una relación a otra durante años. Me preocupa que detrás de nuestra expedición en búsqueda del amor se esconde el miedo a conocernos bien y a arreglar nuestros propios dilemas existenciales. Comprendo perfectamente nuestras ganas de conseguir intimidad, comprensión, compañía y amor, después de todo es algo natural y humano. Sin embargo, la manera en la que manejamos las relaciones románticas o sexuales pueden resultar destructivos para nosotros. Ya sea porque cambiemos de pareja cada semana y tenemos algo guardado en los cajones, algo sobre la sartén calentándose y otro algo en el congelador, "por si acaso"; o porque pasemos de una relación seria a otra sin darnos espacio y repitiendo patrones y conductas dañinas en nosotros mismos y en las personas que seleccionamos. Entonces el conductor de tu vehículo no es el amor, sino el escapismo o el miedo a la soledad. 

Por lo tanto, las respuestas no están en la otra persona sino en uno mismo. El melodrama del amor nos aleja de nuestro "yo" verdadero y nos obliga a centrarnos en problemas externos. Después de nuestra ruptura todos me animaron a volver al Tinder, pero no me bajé la app. Pase meses solo. Me lo propuse seriamente y el desgaste ayudó a que tampoco tuviera especiales ganas de conocer a nadie. En cinco meses fui a una fiesta lo cual para la gente que me conocía pareció una locura. Mi estrategia, que consistía en viajar solo, pasear y leer parecía poco fucker a mis amigos y se reían de mi decisión, pero me encontraba cómodo. Supongo que en nuestra generación es una decisión más rara. Una generación acostumbrada al "lo quiero aquí y ahora" y al "si algo no me gusta - swap". 

Pero las relaciones interpersonales no son como el wifi que puedes conectar y desconectar para ver si funciona, tocando el router o llamando a un centro de ayuda. La comunicación y comprensión necesitan tiempo y ganas. Cuando fallamos nos deprimimos porque, por un lado, nos sentimos culpables de fracasar y, por otro, sentimos frustración porque no nos ofrecen algo que "nos lo deben". 

Me meto en Instagram y ella parece feliz y ocupada. Aparentemente, ha pasado página. Me alegro por ella. En las redes parece que la gente tiene todo resuelto: el amor, el dinero, la salud... Yo tengo 33 y vivo solo, sin saber muy bien a qué me dedico. El pez murió hace meses pero no tiro el tanque pensando que compraré otro dentro de nada. 

Nadie busca una relación para ser mejor persona, para tener más integridad o para ser más respetuoso. Porque no es una búsqueda introspectiva. Es una exploración externa cuyo objetivo es una nueva aventura, unas hierbas más altas y verdes de las que disfrutaremos. Un nuevo reto que nos mantendrá ocupados.

¿A quién no le ha pasado? Conoces a alguien. En una fiesta, en las redes, en una app, en el metro... Da igual. Y de pronto, te pillas. Es sexy, es inteligente. Joder, os gustan las mismas películas, podéis nombrar a las cuatro Tortugas Ninjas y odiáis la misma comida. It's a match! De pronto, os encontráis en cenas con amigos contando cómo os habéis conocido mientras os sujetáis de la mano y todo es precioso. O, de pronto, te encuentras escribiendo sobre cómo lo habéis dejado, mientras fumas un cigarrillo mal liado. 

Parece que el último objetivo de conocer a alguien hoy en día es para decir que ya no estás solo. Llegas a casa, te tumbas a su lado, folláis, veis una película y cerráis los ojos. Eso, siendo la mejor versión de los hechos. En nuestro caso, los últimos meses vivíamos como compañeros de piso y cada noche acababa en una bronca. Entonces, me dormía pensando en ella, en nuestro putos problemas y en qué coño nos pasaba. En por qué no era como antes. No pensaba en mis necesidades, en mi dolor o mi pasado. En lugar de pensar en qué lugar ocupo en el mundo y en si realmente soy feliz o no, pasaba los días obsesionado sobre la misma persona. Mi cabeza dando vueltas sin cesar. No vivía mi realidad, sino la que construimos juntos y la que estaba cayendo a pedazos. 

Crecí en una familia muy pobre y cuando cumplí siete falleció mi madre. Mis abuelos se ocuparon de mí. Pasé mi juventud fregando platos en el restaurante de mi tío. Cambié varios institutos, lo cual dificultó mi manera de relacionarme con las personas y construyó una idea extraña que desarrollé acerca de mi propia identidad. Solía tener problemas en clase. Mis compañeros se metían conmigo porque era pobre y decían que era raro. Había mucho dolor y rabia no procesados en mi pasado y cubría mis necesidades con factores y personas externos. Me he visto, de pronto, corriendo de una relación a otra, de una fantasía a otra... Recreaba los mismos conflictos porque sólo sabía desenvolverme en ellos y en ese patrón me perdí.

Decidí parar. Así de sencillo. Parar para sentir algo. Y, joder si sentí. Quería llamarla cada segundo y lloraba en casa todos los días. Hablaba con mi abuela por teléfono y curiosamente, la separación nos unió como nunca. Volvía a una casa limpia, pero vacía. Sin novia, sin bebé, llena de silencio. Y me rompía cada tarde. Una y otra vez. Sujetaba el teléfono y me mordía el puño. Me atragantaba por la rabia y la frustración y mi corazón latía tan rápido que me quemaba el pecho. Estaba tentado en llamarla y pedir ayuda. Pero tenía miedo de vernos de nuevo. Y aún más miedo de ver que no estaría dispuesta a hablar conmigo ni concederme su tiempo. La solución era siempre la misma: esperar a mañana. Me mentía a mí mismo para sobrevivir las primeras semanas. Y todo fue pasando y volviéndose más opaco. 

Poco a poco, volví a la realidad. Después de ese medio año reflexioné mucho acerca de mí mismo y mi vida. Las decisiones que hacía y de cómo trataba a la gente que me rodeaba. Los amigos que quedaron a mi lado eran los buenos amigos. Reconecté con mi familia y me enfoqué en mi trabajo de otra manera. El silencio en casa ya no me asustaba y compré dos peces graciosos. Empecé a vivir en el aquí y el ahora.

Porque, nadie va a venir a salvarte de ti mismo.