5.09.2017

El relato y el puente



Había dejado de escribir cuando nos divorciamos. Me di cuenta a los años. La última vez que quedamos para hablar llovía y teníamos en frente un enorme puente que ya dejó de existir. Traje la libreta y le leí un relato sobre nuestra luna de miel. Estaba incómodo y doblaba la servilleta sin mirarme. Podía ver que no le gustaba. En ese momento no entendía si era el relato o el recuerdo en sí. Yo guardaba ambos con ternura: ese pueblo en la montaña, la pequeña habitación, el vino barato, las ásperas sábanas, la señora que tocaba el piano cerca de la recepción cada mañana...

Cerré la libreta y le miré. Me gustaba lo que había escrito. Me gustaba ese pueblo, esa montaña, esa habitación. A él no y parecía querer irse. Entonces, el puente se derrumbó. Dejamos de llamarnos. Dejé de escribir. Es tan difícil escribir sobre las personas que conoces si esas personas saben que escribes sobre ellas pero no son capaces de ver que lo haces por y para ti, a tu manera y no simplemente para redactar algo que había sucedido. Quiero decir, ¿para qué reescribir los hechos? Lo que pasó ya fue, y ese relato era algo diferente. Pero nunca lo supo ver.

Incluso durante la luna de miel estaba enterrado en su trabajo y una noche no vino a cenar. Acabé sola en el restaurante y los camareros me miraban con pena y sonreían tratando de animarme. No tomé postre y fui a pagar, irritada. Ya cerraban y el cocinero estaba fumando fuera. Le pedí fuego y nos quedamos mirando el atardecer. "Lo más difícil es adivinar cuánta sal necesita cada cliente," me dijo. Me resultó curioso que tratara de hacerlo, cuando mi pareja de 6 años seguía sin recordar que nunca tomaba el té con azucar y me preguntaba cada mañana cuántas cucharas quería con mi té.

A veces me arrepiento de haberle leído ese relato. Porque es injusto mostrar a una persona lo que no quiere ver. Y él nunca quiso ver en qué fallamos. Recuerdo que, sintiéndose culpable, me llevó una noche más a aquel restaurante antes de irnos del pueblo. La verdad es que el cocinero era bastante malo. "Cocina sin alma", le dije cuando volvíamos al hotel. Él fumaba, mirando al mar y me apretaba la mano. Porque, qué más da si aciertas con la cantidad de sal si no pones tu corazón en lo que haces.