5.09.2017

El relato y el metro



"Cuando alguien te dice que le hiciste daño, no tienes derecho a negarlo".

Me despierto. Parpadeo y noto que de nuevo me dormí con las lentillas, mojo los dedos con mi propia saliva y los introduzco en los ojos. La mujer que duerme a mi lado, que no huele como tú, que no sabe como tú, que habla como una desconocida, gime un poco y me pregunta sin mirarme si estoy bien. Ha vuelto a coger mi camisa. Detesto cuando lo hace. Cuando se va yo las meto a lavar. Voy al baño, enciendo el grifo, cierro el váter y me siento. 

Siempre había odiado soñar. Sigo odiándolo hoy en día. Sobre todo, detesto soñar con cosas del pasado. Con gente del pasado. Es como un ciclo infernal del que no puedo salir y el que observo frustrado viviéndolo una y otra vez. Sintiéndolo. Soportándolo. Del que despierto resacoso, vacío y roto.
Es muy injusto enseñarle a una persona algo que no quiere ver. Y yo nunca quise ver en qué habíamos fallado. La última vez que te vi me leíste uno de tus relatos sobre nuestra luna de miel. Sobre las infidelidades. Sobre cómo nos mudamos de piel. Sobre puentes derrumbados.

El reloj me dice que en seis minutos me tendría que estar levantando. Caliento el agua para el café y busco el tabaco. No tengo tabaco. Pienso que es mejor así. Que así no fumo. Me vuelvo a engañar.

Me había propuesto ser mejor. Después del divorcio miraba a las mismas paredes, las mismas plantas, los mismos libros. ¿Habían cambiado o había cambiado mi modo de verlos? A veces, sentía el impulso de deshacerme de los restos de ti, pero, ¿qué haría con mis entrañas? Lo importante era seguir con la rutina: café, cigarillo, trabajo, cama. Y todo lo demás se acabaría poniendo en su lugar.

Antes de coger el metro voy a por tabaco. Insistiendo en mi falso objetivo - dejarlo de una vez - compro cigarrillos individuales en lugar de un paquete entero. Odio el metro desde que nos divorciamos. Te conocí allí. Te miré y me sonreíste. Te di mi número y te pedí que me dieras un toque. Me dijiste, "En el metro no tengo señal" y me hiciste salir en tu parada. Esa mañana desayunamos juntos. Comimos juntos. Cenamos juntos. Pasamos seis putos años juntos. No sé por qué pero te sigo buscando en el metro. Ni siquiera sé en qué ciudad vives ahora. Pero a veces huelo tu perfume y me quedo sin aliento. Nunca eres tú. 

Sigo idealizándote a pesar de todo lo que nos hicimos. Y de pronto, te veo. El panel de control de mi cerebro suelta chispas y lucho con mi orgullo, mi miedo y mi anhelo. Te huelo de nuevo, mi corazón se acelera y mi estómago se hunde. Nos metemos en el mismo vagón. Mi boca está seca y mis manos sudan. Me has visto. Me sigues el rollo. Hablamos un poco. Quiero pedirte tu número, nueve cifras que sabía de memoria pero que cambiaste hace tiempo. "Si te doy mi número, ¿me darías un toque?" te digo y me arrepiento. "En el metro no tengo señal," no dudas en decir. Sales en la próxima parada. Dejo que las puertas se cierren.