6.11.2017

Tinder, Netflix and chill y los dramas




La habitación ya se había llenado pero ella todavía no había llegado. La música invadía el espacio y se mezclaba con los gritos. Cuando entró la vi. Era igual que en las fotos, pero viéndola moverse y desenvolverse hizo que me gustara aún más. En seguida me alegré de haberla invitado. La conocí en Tinder hace semanas y antes de ayer quedamos en vernos por primera vez en la fiesta de un amigo en común. Ella no me veía o fingía no verme. Me mordía el labio y la observaba. Marc señaló hacia mí y ella se giró. Lo recuerdo así ahora, tampoco entiendo para qué doy tantos detalles.

Pasamos esa noche hablando y flirteando. Ella me decía que no esperaba que fuese tan alto y se reía de todas mis bromas. Sabía mucho sobre psicología y teatro y hablamos de todo un poco mientras la acompañé hasta su casa. Nos enrollamos en la puerta, pero no me dejó subir. Me dijo que volviéramos a vernos ese fin de semana. Quedamos para ver un documental sobre asesinos en serie y debatimos sobre la moralidad y la ética mientras bebíamos cerveza. Nos acostamos esa misma noche y, la verdad es que me pillé muy fuerte. Como nunca. O eso pensaba en aquél momento. 

De pronto, pasaron meses y meses. Nos mudamos juntos y parecía de cuento. Bailábamos en el salón por las noches. Ella apoyaba mis proyectos más locos. Todo cambió cuando perdió al bebé. Se distanció mucho y se volvió ausente. Empezamos a discutir todos los días y después de trabajar daba vueltas en el coche alargando el momento de volver a casa. Un día, después de regresar horas más tarde de lo prometido, encontré la casa vacía. El armario sólo revelaba mi ropa. Se llevó el cactus que le regalé, pero dejó al pez que compramos impulsivamente hace semanas, en una de esas rachas cuando pensábamos que estábamos bien. El pez daba vueltas sin sentido y, a veces, se paraba y se elevaba a la superficie. Parecía mirarme, confuso. Dejé las bolsas en el sofá y fui a la cocina para beber algo, pero al rato me encontré sentado en los azulejos del suelo, llorando. Cuando por fin me levanté, me encontré absolutamente roto. Después de toda esa pasión, ese amor, esa fascinación... no quedaba nada.

Ahora que lo pienso, ni siquiera era la primera vez que me pasaba algo así. Era un imán para el caos y para las relaciones raras. Supongo que cuando uno está dentro de una tormenta no tiene que enfrentarse a problemas de otro tipo y buscaba un caos particular para no enfrentarme con mis propios dilemas. Para no indagar en mí mismo. Y lo cierto es que, hace años perdí la noción de quién soy. Tampoco sé si lo he sabido de verdad en algún punto de mi vida. Porque aquella noche cuando estaba en el suelo de la cocina llorando, tenía a alguien: a mí mismo. Pero estando en el punto en el que estamos, tenerse a uno mismo es como no tener nada. Carece de valor. 

Creo que el amor es algo precioso, pero también puede ser una clase de escapismo, sobre todo si uno salta de una relación a otra durante años. Me preocupa que detrás de nuestra expedición en búsqueda del amor se esconde el miedo a conocernos bien y a arreglar nuestros propios dilemas existenciales. Comprendo perfectamente nuestras ganas de conseguir intimidad, comprensión, compañía y amor, después de todo es algo natural y humano. Sin embargo, la manera en la que manejamos las relaciones románticas o sexuales pueden resultar destructivos para nosotros. Ya sea porque cambiemos de pareja cada semana y tenemos algo guardado en los cajones, algo sobre la sartén calentándose y otro algo en el congelador, "por si acaso"; o porque pasemos de una relación seria a otra sin darnos espacio y repitiendo patrones y conductas dañinas en nosotros mismos y en las personas que seleccionamos. Entonces el conductor de tu vehículo no es el amor, sino el escapismo o el miedo a la soledad. 

Por lo tanto, las respuestas no están en la otra persona sino en uno mismo. El melodrama del amor nos aleja de nuestro "yo" verdadero y nos obliga a centrarnos en problemas externos. Después de nuestra ruptura todos me animaron a volver al Tinder, pero no me bajé la app. Pase meses solo. Me lo propuse seriamente y el desgaste ayudó a que tampoco tuviera especiales ganas de conocer a nadie. En cinco meses fui a una fiesta lo cual para la gente que me conocía pareció una locura. Mi estrategia, que consistía en viajar solo, pasear y leer parecía poco fucker a mis amigos y se reían de mi decisión, pero me encontraba cómodo. Supongo que en nuestra generación es una decisión más rara. Una generación acostumbrada al "lo quiero aquí y ahora" y al "si algo no me gusta - swap". 

Pero las relaciones interpersonales no son como el wifi que puedes conectar y desconectar para ver si funciona, tocando el router o llamando a un centro de ayuda. La comunicación y comprensión necesitan tiempo y ganas. Cuando fallamos nos deprimimos porque, por un lado, nos sentimos culpables de fracasar y, por otro, sentimos frustración porque no nos ofrecen algo que "nos lo deben". 

Me meto en Instagram y ella parece feliz y ocupada. Aparentemente, ha pasado página. Me alegro por ella. En las redes parece que la gente tiene todo resuelto: el amor, el dinero, la salud... Yo tengo 33 y vivo solo, sin saber muy bien a qué me dedico. El pez murió hace meses pero no tiro el tanque pensando que compraré otro dentro de nada. 

Nadie busca una relación para ser mejor persona, para tener más integridad o para ser más respetuoso. Porque no es una búsqueda introspectiva. Es una exploración externa cuyo objetivo es una nueva aventura, unas hierbas más altas y verdes de las que disfrutaremos. Un nuevo reto que nos mantendrá ocupados.

¿A quién no le ha pasado? Conoces a alguien. En una fiesta, en las redes, en una app, en el metro... Da igual. Y de pronto, te pillas. Es sexy, es inteligente. Joder, os gustan las mismas películas, podéis nombrar a las cuatro Tortugas Ninjas y odiáis la misma comida. It's a match! De pronto, os encontráis en cenas con amigos contando cómo os habéis conocido mientras os sujetáis de la mano y todo es precioso. O, de pronto, te encuentras escribiendo sobre cómo lo habéis dejado, mientras fumas un cigarrillo mal liado. 

Parece que el último objetivo de conocer a alguien hoy en día es para decir que ya no estás solo. Llegas a casa, te tumbas a su lado, folláis, veis una película y cerráis los ojos. Eso, siendo la mejor versión de los hechos. En nuestro caso, los últimos meses vivíamos como compañeros de piso y cada noche acababa en una bronca. Entonces, me dormía pensando en ella, en nuestro putos problemas y en qué coño nos pasaba. En por qué no era como antes. No pensaba en mis necesidades, en mi dolor o mi pasado. En lugar de pensar en qué lugar ocupo en el mundo y en si realmente soy feliz o no, pasaba los días obsesionado sobre la misma persona. Mi cabeza dando vueltas sin cesar. No vivía mi realidad, sino la que construimos juntos y la que estaba cayendo a pedazos. 

Crecí en una familia muy pobre y cuando cumplí siete falleció mi madre. Mis abuelos se ocuparon de mí. Pasé mi juventud fregando platos en el restaurante de mi tío. Cambié varios institutos, lo cual dificultó mi manera de relacionarme con las personas y construyó una idea extraña que desarrollé acerca de mi propia identidad. Solía tener problemas en clase. Mis compañeros se metían conmigo porque era pobre y decían que era raro. Había mucho dolor y rabia no procesados en mi pasado y cubría mis necesidades con factores y personas externos. Me he visto, de pronto, corriendo de una relación a otra, de una fantasía a otra... Recreaba los mismos conflictos porque sólo sabía desenvolverme en ellos y en ese patrón me perdí.

Decidí parar. Así de sencillo. Parar para sentir algo. Y, joder si sentí. Quería llamarla cada segundo y lloraba en casa todos los días. Hablaba con mi abuela por teléfono y curiosamente, la separación nos unió como nunca. Volvía a una casa limpia, pero vacía. Sin novia, sin bebé, llena de silencio. Y me rompía cada tarde. Una y otra vez. Sujetaba el teléfono y me mordía el puño. Me atragantaba por la rabia y la frustración y mi corazón latía tan rápido que me quemaba el pecho. Estaba tentado en llamarla y pedir ayuda. Pero tenía miedo de vernos de nuevo. Y aún más miedo de ver que no estaría dispuesta a hablar conmigo ni concederme su tiempo. La solución era siempre la misma: esperar a mañana. Me mentía a mí mismo para sobrevivir las primeras semanas. Y todo fue pasando y volviéndose más opaco. 

Poco a poco, volví a la realidad. Después de ese medio año reflexioné mucho acerca de mí mismo y mi vida. Las decisiones que hacía y de cómo trataba a la gente que me rodeaba. Los amigos que quedaron a mi lado eran los buenos amigos. Reconecté con mi familia y me enfoqué en mi trabajo de otra manera. El silencio en casa ya no me asustaba y compré dos peces graciosos. Empecé a vivir en el aquí y el ahora.

Porque, nadie va a venir a salvarte de ti mismo.  

5.09.2017

El relato y el metro



"Cuando alguien te dice que le hiciste daño, no tienes derecho a negarlo".

Me despierto. Parpadeo y noto que de nuevo me dormí con las lentillas, mojo los dedos con mi propia saliva y los introduzco en los ojos. La mujer que duerme a mi lado, que no huele como tú, que no sabe como tú, que habla como una desconocida, gime un poco y me pregunta sin mirarme si estoy bien. Ha vuelto a coger mi camisa. Detesto cuando lo hace. Cuando se va yo las meto a lavar. Voy al baño, enciendo el grifo, cierro el váter y me siento. 

Siempre había odiado soñar. Sigo odiándolo hoy en día. Sobre todo, detesto soñar con cosas del pasado. Con gente del pasado. Es como un ciclo infernal del que no puedo salir y el que observo frustrado viviéndolo una y otra vez. Sintiéndolo. Soportándolo. Del que despierto resacoso, vacío y roto.
Es muy injusto enseñarle a una persona algo que no quiere ver. Y yo nunca quise ver en qué habíamos fallado. La última vez que te vi me leíste uno de tus relatos sobre nuestra luna de miel. Sobre las infidelidades. Sobre cómo nos mudamos de piel. Sobre puentes derrumbados.

El reloj me dice que en seis minutos me tendría que estar levantando. Caliento el agua para el café y busco el tabaco. No tengo tabaco. Pienso que es mejor así. Que así no fumo. Me vuelvo a engañar.

Me había propuesto ser mejor. Después del divorcio miraba a las mismas paredes, las mismas plantas, los mismos libros. ¿Habían cambiado o había cambiado mi modo de verlos? A veces, sentía el impulso de deshacerme de los restos de ti, pero, ¿qué haría con mis entrañas? Lo importante era seguir con la rutina: café, cigarillo, trabajo, cama. Y todo lo demás se acabaría poniendo en su lugar.

Antes de coger el metro voy a por tabaco. Insistiendo en mi falso objetivo - dejarlo de una vez - compro cigarrillos individuales en lugar de un paquete entero. Odio el metro desde que nos divorciamos. Te conocí allí. Te miré y me sonreíste. Te di mi número y te pedí que me dieras un toque. Me dijiste, "En el metro no tengo señal" y me hiciste salir en tu parada. Esa mañana desayunamos juntos. Comimos juntos. Cenamos juntos. Pasamos seis putos años juntos. No sé por qué pero te sigo buscando en el metro. Ni siquiera sé en qué ciudad vives ahora. Pero a veces huelo tu perfume y me quedo sin aliento. Nunca eres tú. 

Sigo idealizándote a pesar de todo lo que nos hicimos. Y de pronto, te veo. El panel de control de mi cerebro suelta chispas y lucho con mi orgullo, mi miedo y mi anhelo. Te huelo de nuevo, mi corazón se acelera y mi estómago se hunde. Nos metemos en el mismo vagón. Mi boca está seca y mis manos sudan. Me has visto. Me sigues el rollo. Hablamos un poco. Quiero pedirte tu número, nueve cifras que sabía de memoria pero que cambiaste hace tiempo. "Si te doy mi número, ¿me darías un toque?" te digo y me arrepiento. "En el metro no tengo señal," no dudas en decir. Sales en la próxima parada. Dejo que las puertas se cierren.

El relato y el puente



Había dejado de escribir cuando nos divorciamos. Me di cuenta a los años. La última vez que quedamos para hablar llovía y teníamos en frente un enorme puente que ya dejó de existir. Traje la libreta y le leí un relato sobre nuestra luna de miel. Estaba incómodo y doblaba la servilleta sin mirarme. Podía ver que no le gustaba. En ese momento no entendía si era el relato o el recuerdo en sí. Yo guardaba ambos con ternura: ese pueblo en la montaña, la pequeña habitación, el vino barato, las ásperas sábanas, la señora que tocaba el piano cerca de la recepción cada mañana...

Cerré la libreta y le miré. Me gustaba lo que había escrito. Me gustaba ese pueblo, esa montaña, esa habitación. A él no y parecía querer irse. Entonces, el puente se derrumbó. Dejamos de llamarnos. Dejé de escribir. Es tan difícil escribir sobre las personas que conoces si esas personas saben que escribes sobre ellas pero no son capaces de ver que lo haces por y para ti, a tu manera y no simplemente para redactar algo que había sucedido. Quiero decir, ¿para qué reescribir los hechos? Lo que pasó ya fue, y ese relato era algo diferente. Pero nunca lo supo ver.

Incluso durante la luna de miel estaba enterrado en su trabajo y una noche no vino a cenar. Acabé sola en el restaurante y los camareros me miraban con pena y sonreían tratando de animarme. No tomé postre y fui a pagar, irritada. Ya cerraban y el cocinero estaba fumando fuera. Le pedí fuego y nos quedamos mirando el atardecer. "Lo más difícil es adivinar cuánta sal necesita cada cliente," me dijo. Me resultó curioso que tratara de hacerlo, cuando mi pareja de 6 años seguía sin recordar que nunca tomaba el té con azucar y me preguntaba cada mañana cuántas cucharas quería con mi té.

A veces me arrepiento de haberle leído ese relato. Porque es injusto mostrar a una persona lo que no quiere ver. Y él nunca quiso ver en qué fallamos. Recuerdo que, sintiéndose culpable, me llevó una noche más a aquel restaurante antes de irnos del pueblo. La verdad es que el cocinero era bastante malo. "Cocina sin alma", le dije cuando volvíamos al hotel. Él fumaba, mirando al mar y me apretaba la mano. Porque, qué más da si aciertas con la cantidad de sal si no pones tu corazón en lo que haces.

Least favorite life

 


She ate very little but cried a lot. I laid in bed and though about her while listening to the clock, the tick-tock. Wondering why life wasn't as simple as that sound. Sometimes she was easy: a bath and some tea and she was happy falling asleep in my arms while I touched her hair. Other times, I counted the wounds on her overblown from the alcohol lips while she sobbed on the other side of the couch. I felt so much pity for her and almost guilty about living while she was struggling to exist. You know how you can format your computer and think how you can be all calm because everything has been deleted, but it's not as easy as that. There's always some leftovers and shit left. The same with the brain. Hers worked that way. And after crying a lot she would usually get angry with the world and disappear on me for a couple of weeks. I got used to that too and stopped asking questions. When she came back the sex was amazing. No sadness left. Just a need to feel alive. I couldn't judge her. I mean, who was I to do that, after all? A little branch she grabbed on to get a breather before being dragged by the river. She always came back more loving. She let me kiss her thoughts, touch her feelings and bite her desires. Her religion was sex. The sex of bodies and minds. Oral, both ways. But all her Gods were dead. She criticized a lot, without aspiring to comprehend. She had answers for everyone but herself. I failed to frighten her nor surprise her with nothing. She told me from the beginning that she didn't want to have kids with me because they remind her of aging and death. And that she died too many times already. The only thing she could be embarrassed of was her child, her creation. For, whatever she gave birth to was a sin. But it had such beauty and authenticity... I could never blame her for that.

2.03.2017

Parásitos entre rodapiés


Cuando cumplí diez años, me propuse dejar de hablar. No quería tener nada que ver con mi familia y el mundo en general. Papá trabajaba y cuando no trabajaba bebía. Mamá decía que yo estaba muy enferma. Botecitos, sobres, pastillas, gotas, jeringuillas, cremas, supositorios y vendas por toda la casa. Todo absolutamente desinfectado. 
El apartamento era pequeño. Al entrar, en seguida empezaba el pasillo que te llevaba a la cocina. A mitad del pasillo colgaba el teléfono donde mamá pasaba casi todo el tiempo. A la izquierda - la habitación donde mamá, papá y yo dormíamos juntos. La cama ocupaba casi todo y estaba llena de almohadas y mantas. Tardábamos mucho en hacerla y deshacerla. Al lado de la ventana había dos sillas y una pequeña mesa. En el diminuto baño mamá me hacía saunas provisionales y duchas frías. Las puertas no se cerraban en la casa porque mamá hacía "un retoque" cada cuatro meses y cubría el papel de las paredes con otras capas porque se cansaba de los mismos estampados. Con el suelo hacía lo mismo y cuando caminábamos se oía un ruido extraño al pisar todas esas capas de papel. El salón estaba lleno de flores artificiales que no podía tocar. Un jarrón tenía una tarántula de mentira con la que a veces jugaba cuando mamá estaba descansando. En los armarios se escondían platos que permanecían también intactos. Vasos y cubiertos que sólo se movían para quitarles el polvo. En la esquina del salón había una pequeña televisión, regalo de mi tío. Pegado al salón - el balcón con sacos de patatas, trigo y azúcar que papá traía del trabajo. Mamá me prohibía hablar de eso en el colegio. 
 - ¡Que no saltes, maldita! ¡Me vais a llevar a la tumba! ¿Me oyes? ¡Tu padre y tú! ¡A la tumba! 
Papá bebía y no hacía ruido en su esquina. Cuando no estaban peleados jugaban a las cartas mirando por la ventana.
 - Mira, mira... Nastasia Fiodorovna camina con mil bolsas de nuevo, que se le van a caer los brazos. Petia, ¿qué me miras como un pez a una bicicleta? ¡Baja! ¿No? Vaya inútiles. ¡Nastia! ¡Nastenka! Petia bajará ahora a ayudarte, anda, pon esas bolsas en el suelo. ¿Dónde anda tu parásito? ¿Bebiendo de nuevo?
Ríen.
 - Petia, por el amor de Cristo, ¿qué andas buscando? Las botas están allí. Cierra la puerta que sino Valechka se resfría, lo sabes, que tiene los pulmones débiles, mírala, bracitos como hilos, mi niña. ¿Qué miras? ¿Te has tomado las vitaminas?
Asiento con la cabeza y toco el cabello enredado de mi muñeca favorita que cierra los ojos cuando la tumbo. Cuando daba el follón por las noches mamá se quejaba, que ojalá fuese como la muñeca, que ojalá cerrara los ojos al tumbarme.
 - ¿Todas? ¿Seguro? Que eres una mentirosa como el parásito de tu padre. Todos parásitos. Sólo chupáis y chupáis y chupáis mi sangre. ¿Quién me va a curar a mi, Valechka? Estoy segura de que estos pinchazos que tengo en el corazón no son normales. ¿Y la tensión? Tendré que pedir a Nastasia Fiodorovna que me mida la tensión de nuevo. ¡Mira, el cretino! Le he dicho que cierre la puerta. ¿De la neumonía quién te va a curar? ¿Él? Sí, claro. Sólo si por cada pastilla que te da le den un chupito. Ojalá estuviera tu tío vivo, Valechka. Ese sí que era un hombre. 
Remueve las cartas mirando por la ventana.
 - ¿Dónde se ha metido el parásito? Lleva media hora fuera. Como se haya juntado con el de Nastasia... que les conozco. Son tal para cual. Dios mío, ¿dónde están los hombres buenos? Murieron, ¿me oyes? Todos en la guerra murieron, todos. Se ha quedado esto. Trapos y parásitos que chupan sangre y llevan a las mujeres a la tumba. 
Asentía y asentía con la cabeza mientras peinaba a mi muñeca. En media hora me tenía que tomar dos sobres y a las 4 me dibujaba una rejilla en el pecho con iodo para calentarme "esos huesos de campo de concentración". Hoy venía a las 7 y media la abuela que a veces me traía pastelitos de dulce de leche y yo me los comía a escondidas. Me encantaba cuando venía. Me leía poemas y traía dibujos que yo podía colorear. Siempre acababa discutiendo con mamá y se iba llorando. En mi casa se lloraba mucho. 
 - Lesia Ivanovna, buenos días, sí, soy yo. Oiga, disculpa que le moleste de nuevo pero creo que voy a tener a Valechka una semana más en casa. No me gusta la tos que tiene la niña. No me gusta y punto. Sí, claro. Hombre, pues claro que la llevé y me dijeron eso. Le escucharon respirar y roncaba la criatura. Se escuchaba por todo el pasillo del hospital. Pues que le acerque Mijail los deberes, y yo le ayudo que fui profesora y maestra muchos años, ¿sabe? Hasta que me casé con este parásito y me tuve que quedar en casa con la niña. Pero vaya, que antes- ¿Cómo? ¿Se tiene que ir? Bueno, bueno. Ya no la detengo más. Muchísimas gracias. Sí, que se venga Mijail con las anotaciones. Buen día.
Cuelga el teléfono.
 - Pero, ¡qué embustera! Se tiene que ir dice. ¿A dónde? Si está más sola que la una. Llega de la capital y se piensa mejor que los demás con sus métodos. Torta en la boca es mi método. ¿Qué me miras?
Muevo los hombros un poco, incómoda por las mentiras. Nunca habíamos ido a ningún hospital y odiaba faltar a clase. Allí Misha y yo corríamos como locos y tropezábamos. Robábamos comida de la cafetería y nos la comíamos en los baños antiguos donde en lugar de váteres había agujeros en el suelo. Tirábamos los huesos de las cerezas allí. 
 - Pero bueno, ¿has visto la hora? Siéntate, que te voy a preparar los sobres. Ai, deja a la muñeca en paz, que no se va a ir a ningún lado. Ojalá te preocuparas tanto por tomarte las medicinas como te preocupas por la muñeca. Además, tu abuela te la regaló hace años, ¿qué haces jugando con ella? ¿Vas a hablar o te has tragado la lengua? Dios mío, esto es un manicomio. Tómate esto, niña. Y túmbate a ver la televisión o lee calladita un rato, me está empezando a doler la cabeza. ¿Dónde está el furúnculo de tu padre? Voy a llamar a Nastasia Fiodorovna.
 - ¿Hola? ¿Nastenka? Soy yo, Nadia. ¿Has visto al mío? ¿Que le mandé a ayudarte con las bolsas y no ha vuelto? ¡¿Cómo?! Pero, ¿qué me dices? ¿Con el tuyo? ¿Hace cuánto? ¡Vaya parásitos! ¡Le voy a matar! Te juro, un día voy a encerrar la casa desde dentro y que se congele en la calle como un perro callejero, así te lo digo. Hombre, claro. Y dormiré tan contenta. ¡Demonio! ¡Peor que un demonio! Claro, Nastenka, así tengo la tensión. Así estoy. Pero, ¿acaso me puedo centrar en mí? ¿Tú sabes lo que me gustaría ir a Sochi a calentarme los huesos? A tomarme baños de algas esas negras que tienen. Y no puedo. Me lo chupa todo. ¿Y la otra? Que nació más débil que un palito, que la partes con sólo mirarla. Sola los llevo, Nastenka. Sobre los hombros. So-la. Hombre, claro, tenía a mi Dimochka que me ayudaba con todo y era mi vida y mi luz, pero murió hace tres años, lo sabes. Y luego dicen, reza y cree en Dios. ¿Qué Dios se lleva a angelitos así y puebla la tierra de parásitos inútiles que te hacen hijos y pasan la vida bebiendo? Hombre, mi madre esa es otra. Artista, sí. Del teatro de mi vida. De mi drama. La protagonista de su película vital. Pero, qué dices, hizo cuatro obras en su vida y piensa que es una estrella. Ve esas películas que digo, madre, ¿qué ves? Porquerías francesas con pavos reales y no hombres. ¿No tenemos buen cine soviético? No, dime, Nastenka. Es que no parece de este planeta. Mete tonterías en la cabeza de la niña. En lugar de ayudarla con los deberes le trae dulces, que luego estoy semanas curándola de sarpullidos y reacciones alérgicas, que es intolerante la criatura hasta al oxígeno. Mira, mira... a la tumba me van a llevar todos. Le trae poemas raros y se quedan allí susurrando en la esquina. Digo, haz los deberes con tu nieta, sabes que me duele la cabeza, que tengo la tensión alta y... empieza el teatro. Claro, como le falta en la vida real, aquí se desenvuelve y el público aplaude, uno medio bizco del vodka que no sabe ni dónde está y la otra con diez años abrazándola, "abuela, ¡no te vayas, no te vayas!" Porque claro, yo estoy en mi casa, pero no puedo decir nada. Les tengo que dejar en la esquinita susurrando. Y se me llena el corazón de rabia, Nastenka, porque estarían todos muertos sin mi. Nadie me merece, te lo digo así. Y no es orgullo, que Dios me perdone, es verdad.
Saca un pañuelo sucio del bolsillo de su bata y suena los mocos. Se limpia las lágrimas.
 - Nada, nada, que me espere Dimochka, que a este ritmo estaré pronto con él, en sus brazos. Siempre era el favorito de mamá, yo lo sé. Pero, ¿sabes qué? Yo lo entiendo y todo. Era mi favorito también. Tan dulce, tan bueno. En seguida me avisó, que me alejara del parásito, pero era una tonta enamorada. Con una madre que volaba por las nubes, que en lugar de decirme, "Niña, ¿qué haces? Vete a Moscú, seguro que acabarás siendo una profesora universitaria y te casarás con un decano", leía sus obras y corría de un lado para otro cantando y saltando. Así acabamos todos, por su culpa. Dimochka que se metió con aquella banda y acabó comiéndose un balazo y yo, en este manicomio. Pero, claro, esto no se lo puedo decir, que me monta aquí una obra que ni se le ocurriría al mismísimo Gogol. Gastando la pensión en gilipolleces. Digo, dame algo, que sabes que le tengo que comprar antibióticos a la niña que si no tiene la gripe, tiene otra cosa. Pero no, claro. ¿Para qué? Mejor traerle basura occidental y que me vomite toda la noche...
Nunca he vomitado.
 - ... a traer algo decente. No pasa nada. Dios no es tonto, todo lo ve. Soy una santa, la verdad. No sé de dónde tengo esta paciencia, pero te digo Nastenka que acabarán conmigo y me sacarán de aquí en un ataúd. ¿Cómo? ¡Qué trabajo! Estoy todo el día vigilando que el parásito no falte a la fábrica, que ya lleva dos avisos el diablo, que no saque el oro de la casa. Que vendió, maldita sea su estampa, el anillo de mi bisabuela. Cuánto lloré, Nastenka... Cuánto lloré... Si no tuviera a la criatura le mataba. Y me hubiera dado igual ir a la cárcel. Le mataba y me mataba yo. Pero claro. ¿Con quién la dejo? ¿Con la artista del circo perdido? Me la mata en dos días. No puedo trabajar, querida. Tengo que cuidar a la niña que recae una cosa mala, sobre todo en invierno. Sí... dile gracias a Mijail que siempre trae los deberes. Qué buen niño tienes. Se llevan muy bien, la verdad. Y qué sano es. Qué suerte. Dios le bendiga. Pues lo que te decía, que en invierno es el frío, en primavera las alergias. Descanso en verano un poco. Pero ya sabes cómo son los niños. Que se cae, se araña, digo, ya está. Infección. Come algo por allí por la calle. Que es que, se hace amiga de cualquiera, la boba. Más boba... luego diarrea. Y así estamos. Ni salgo ya. Y tengo unos vestidos de cuando era joven... unos zapatos. Te los enseñaré un día. Ah, ¿ya los has visto? Perdona, querida, que tengo la cabeza ya... que me va a explotar. ¿Qué dices? ¿Ha venido tu parásito? ¿Borracho como una cuba no? ¡Ai, ojalá se congelen como perros! ¿Y el mío? ¿No está? Ya vendrá, ya. Ya verá. Bueno, sí, sí, vete querida. Que ahora tendrás cosas que hacer. Yo voy a tumbarme un poco. Que en nada vendrá el verdugo de mi vida y luego la otra.
No he podido evitar sonreír al pensar en abuelita. Mamá cuelga el teléfono.
 - Bueno, te apartas ¿no? Vaya familia de egoístas. Sólo yo doy y doy. ¿Dejas que tu madre se tumbe un momento? Que no me sostengo en pie.
Se oyen unos ruidos en la puerta de una llave que intenta abrir pero fracasa. Escuchamos la tos de papá. Probaba de nuevo pero no conseguía introducir la llave.
 - ¡PA-RÁ-SI-TO! 
Mamá se levanta de golpe y sin mostrar ni rastro de su debilidad. Abre la puerta y agarra a papá del cuello del abrigo. Lo introduce dentro de un modo tan brusco que se le cae el gorro. Se tambalea y se pone a cuatro patas en el suelo. Empieza a quitarse los zapatos masticando el labio y mirando a la nada.
 - ¿Qué? ¿Ya estamos, no? ¿Ya estamos? ¿Qué haces, chimpancé? ¿Para esto te doy un chupito a medio día? ¿PARA ESTO? ¡Mírame cuando te hablo! ¡Eres un payaso! ¡Estoy harta de ti! ¡Harta! Tú no eres un hombre, eres ba-su-ra. Dimochka tenía razón, que en paz descanse.
 - Na- Na- Nadia... yo... sólo... los chicos estaban... con lo del domino... sólo uno, Nadia, te lo juro por Valechka...
Mamá le suelta un bofetón. Papá se agarra de la cabeza y se desliza por la pared al suelo.
 - Aaaaiii... Nadia... ¡duele, Nadia! No pegues en la cabeza... 
 - ¡No jures por la niña, diablo! Tú eres la maldición de esta familia, no sirves para nada, ¿me oyes? Voy a tirar esa botella ahora mismo al váter y tú ven y mira cómo desaparece el amor de tu vida. Trapo, ¡peor que un trapo! Los trapos por lo menos tienen una utilidad en esta vida. Pero tu eres basura.
Mamá corre a la cocina y saca del armario una botella de cristal. Papá intenta levantarse de golpe, pero se derrumba y se enreda con la fina alfombra de la entrada.
 - Nnnn... ¡Nadia! ¡Nadeshda! ¡No! ¿Me oyes? ¡No! ¡Ni... se... te ocurra!
 - ¿Qué pasa? ¿Sufres? ¿No quieres que tire tu droga? Mira, te la daba para que te la bebieras toda y te ahogaras de una vez, pero prefiero ver cómo sufres. 
Abre la puerta del baño. Papá gatea lo más rápido que puede hasta la puerta. Comienza a sollozar al escuchar el líquido caer por las paredes del váter.
 - ¡¡¡Noooooo!!! ¡Bruja! ¡Eres una bruja! Era... regalo...
 - Hazme un regalo, anda. Vete y desaparece de mi vida. Parásito. Sólo eso sabes: domino y vodka. Hombres, se hacen llamar. Basura.
Mamá vuelve al salón y se tumba, respirando rápido. 
 - Quítate esa ropa que apesta a tabaco y alcohol y limpia ahora mismo todo. No quiero microbios por la casa, sabes que tienes una hija muy débil. Si es que te acuerdas de que tienes una hija.
 - ¡Valechka...! Ven con papá...
 - Ni se te ocurra moverte. Quieta aquí, que puedes pillar de todo del parásito. ¿Me oyes?
Me levanto corriendo para abrazar a papá. Lo encuentro llorando con la ropa mojada por la nieve en mitad del pasillo. Su cara está hinchada y rosa, la barba me raspa la mejilla. Pequeñas venas finas y azules recorren su redonda nariz. Huele fatal y tiene las manos sucias.
 - Pero, bueno. ¿Esto qué es? Un cuadro de una familia reencontrada: una que sin mi ya estaría muerta y el otro que se acuerda de su hija sólo si tiras sus botellas por el balcón. Te he dicho que no le toques, que está más intoxicado que el mendigo de la plaza. Lávate las manos ahora mismo y vete al salón.
Me levanto para hacerle caso.
 - La niña tiene que ir al colegio, Nadia. No puedes tenerla siempre aquí.
 - ¡¿Cómo?! ¡¿Qué?! ¿Te atreves de verdad? ¿Te atreves a decir esto? ¿Qué sabes de la niña? ¿Has hecho alguna vez los deberes con ella? ¿Les has dado por lo menos alguna pastilla? ¿Sabes lo que le duele? ¿Lo que puede comer? ¿Lo que no puede?
 - Nadia... no le pasa... nada.
Papá se levanta lentamente y comienza a desvestirse. 
 - ¡¿Cómo te atreves?! ¡Te odio! ¡Nunca has sido de ayuda! ¡Deje todo por ti! ¡Mi carrera! ¡Mi futuro! ¡Todo! ¡Has pasado los años bebiendo! ¡Estás podrido por el alcohol! ¡Ya no te queda cerebro! ¡No sabes lo que dices! La niña debe ir al colegio...
            Mamá se calienta cada vez más siguiendo a papá por la casa y le golpea con los puños.
 - ...porque así no la tienes aquí en casa y no te sientes culpable cuando bebes y robas. Si es que sabes todavía lo que significa la palabra "culpa"
 - Nadia... no toqué el anillo. Te lo... dije. Mil veces. La niña... tiene que estudiar. Déjala vivir.
 - ¡Demonio! ¡Demonio! ¿Cómo te atreves? ¡Se que vendiste el anillo de babushka Lida, lo sé! Te lo bebiste todo.
 - ¡No!
 - ¡Sí, diablo!
 - ¡Mentira!
 - Te lo bebiste como toda mi sangre. 
Mamá cae al suelo y empieza a llorar.
 - Toda mi juventud... Ven, Valechka, abrázame. Ven.
Papá llora apoyado en la esquina de la habitación. Sabía que tenía que abrazar a mamá, pero papá me daba siempre más pena. Llorando, corro hacia él y le abrazo.
 - ¡Ah! ¡Ah! ¡Con que así! ¿Eh? Malditos seais todos. Estoy sola. Siempre he estado sola.
Mamá se levanta y sale descalza por la puerta. Miro a papá. Me aparta y tambaleándose la sigue.
 - ¡Nadia! ¡Nadia, entra! ¡Ven!
Temblando me siento en el suelo crujiente de tantos papeles, tantas capas que mamá ponía cada tres meses para tapar todo lo anterior. Abrazo a mi muñeca y nos tumbamos juntas en el suelo. Cerramos los ojos. Escucho gritos en el portal y de pronto, oigo la voz de mi abuela. Me levante de un salto y me acerco a la puerta pero a pesar de las ganas, no salgo mucho más. Sé que podría coger meningitis como mínimo si pisara ese suelo descalza.
 - ¡Babushka!
Grito una y otra vez agarrando la puerta.
 - Valechka, mi vida no te preocupes. Entra anda, no cojas frío. Estamos subiendo. Todo está bien, mi niña. ¿Me oyes? Entra.
Me alejo de la puerta e intento ver algo en la oscuridad del portal. Aparecen mi abuela y papá, llevan a mamá por la escalera. Esconde el rostro en el abrigo de la abuela.
 - Petia, prepara una valeriana, por favor. Hola, mi vida. ¿Cómo estás? No te preocupes, mamá se ha puesto un poco nerviosa. Ahora nos tomamos todos un té y nos calmamos. ¿Verdad, hija? Anda, siéntate, Nadia.
Veo una figura más, esperando en el portal. Pasa el peso de su cuerpo de un pie a otro. Camina hacia la puerta y reconozco a Konstantin Vlodimirivich, un amigo de la abuela. Era muy alto y grande y siempre tenía una sonrisa incómoda y culpable cuando aparecía por casa. Mamá hablaba poco con él y ponía los ojos en blanco cuando él llegaba. Papá se ponía contento porque a veces, "Kostik", como le llamaba cariñosamente abuelita, le daba unos rublos a escondidas de mamá. Una vez, hasta me dio uno, y compré un libro sobre diferentes animales e insectos que presté a Mijail pero que nunca me devolvió. 
 - Pasa, Konstantin. ¿Qué haces en la entrada, hermano? Pasa.
Papá abraza a Konstantin y lo introduce en la casa. Cierran la puerta. Me veo en el salón, expulsada por la muchedumbre de la entrada.
 - Mamá, vente mañana mejor. No estoy bien. 
 - Ya veo que no estoy bien, pero para estas cosas estoy aquí, ¿no? ¿Dónde colgamos los abrigos? Madre, mía, no cabe nada en este armario. 
 - Lo siento, la verdad. Siento que no vivamos en un palacio. Pero esto es lo único que nos podemos permitir con lo que ganamos. No todos tenemos novios ricos, madre.
 - ¡Nadia! ¡Discúlpate ahora mismo! ¿Me oyes?
 - ¡No te preocupes, Nadeshda! Nadie lo dice de broma, lo sé. A mí me da igual, la verdad. No hay necesidad de que nadie se disculpe. Voy a lavarme las manos. 
Pasan a la cocina y les miro desde el otro lado del pasillo.
 - Siéntate y cálmate, Nadia. Cuánta tragedia en esta casa. Siempre fuiste una niña tan alegre y feliz. No comprendo qué he hecho mal y me lo pregunto cada día...
Abuela empieza a buscar tazas por los armarios. Mamá apoya su cara entre las manos y gime.
 - Para. Actriz, que eres una actriz y siempre has actuado toda la vida y has fingido. Has fingido que te importo, has fingido que querías tener una familia. Sólo querías estar en tu teatro y conocer a hombres. Así acabámos: yo enterrada aquí y Dimochka muerto.
La taza cae de la mano de la abuela y se rompe en pedazos. Konstantin empieza a recoger todo rápidamente, disculpándose y papá apenas le ayuda, tambaleándose se sienta en la silla y mira a mamá.
 - Nadia...
 - ¿Qué? ¡¿Qué?! Todos: Nadia... Nadia... Nadia... No digas eso, Nadia, que puedes herir a tu madre, tampoco digas eso, Nadia, que puedes herir al alcohólico de tu marido... No hagas esto, Nadia...
Mamá da un golpe fuerte en la mesa. Papá sobresalta. Mamá empieza a llorar. Todos se quedan en silencio. Parece que dura una eternidad. Me siento en el suelo de la entrada, entre botas y zapatos y les observo. Ojalá dejaran de llorar y de hablar pronto. Así podría ir con abuelita al salón a colorear y a hablar. Quizás me había traído pastelitos. Mi estómago hace un ruido.
Abuela está apoyada en la mesilla. Limpia unas lágrimas de sus mejillas con una cara seria. Mira a su hija.
 - Nadia, hemos venido a por Valechka.
Mamá se levanta de la silla tan rápido que la tira del suelo. Yo también me levanto y siento mi corazón en la garganta. Busco con la mirada mi muñeca.
 - ¡¿Qué?! ¡Jamás! ¡Te lo dije mil veces y te lo vuelvo a repetir: jamás!
Se enfrenta a abuela temblando.
 - Si te la llevas, antes me tendrás que matar. ¿Me estás oyendo? ¿Tú qué? ¡Parásito! ¿No vas a decir nada? ¿Te da igual que intenten secuestrar a tu hija?
 - Nadia...
Papá se rasca la cara y mete las manos entre las rodillas. 
 - Que se la lleven...
 - ¡¿Qué?!
Abuela camina hacia mi.
 - Bonita, vístete, nos vamos.
 - ¡Valia! ¡No! ¡Valia! ¡Vete a la habitación y no te muevas de la esquina!
Me meto en la habitación pero empiezo a vestirme en silencio. Mis manos tiemblan y veo mi muñeca tumbada en el suelo, la agarro.
 - ¡Petia, llama a la policía ahora mismo! ¡No te vas a llevar a mi hija!
 - Nadia, sabes que no vendrían aunque se tratara de un atraco. Joder, no queda ni una gota por la casa...
Mamá agarra los hombros de la abuela.
 - ¡No te la vas a llevar!
 - Nadeshda, nos llevamos a la niña a Moscú. Kostik ha conseguido una promoción, los de la oficina le ofrecen un apartamento. Llevaremos a Valechka a un buen colegio. Mi hija, no estás bien. Necesitas un tiempo para asentarte y calmarte. La niña se va esta misma noche con nosotros. Tenemos los billetes del tren. Apártate.
 - ¡No te vas a llevar a mi hija! ¡No le harás lo mismo que me hiciste! ¡Me abandonaste! ¡Jamás fuiste una buena madre! ¿Acaso ahora intentas serlo? ¡Y me vuelves a abandonar! ¡Te odio! ¡Vete ahora mismo de mi casa! 
Salgo al pasillo, vestida y agarrando mi muñeca del brazo. Miro confusa a mi abuela, esperando una señal. Ambas me miran. Konstantin Vlodimirovich se pone las botas. Papá aparece detrás y apoya su cabeza en la pared.
 - Kostik, cuida de Valechka.
Pone su mano en su hombro.
 - Nosotros cuando nos pongamos en pie iremos a por ella...
Mamá le mira a él y agita la cabeza.
 - No... no podéis. ¿Me oís? No podéis. Me niego.
Abuela se pone los zapatos me coge de la mano.
- Venga, Valechka. Vamos.

Siempre me costará recordar lo que pasó después. Mamá gritaba mucho. Los vecinos abrían y cerraban las puertas. Veía luces y sombras, caras. Los ecos de los pasos rápidos sobre los escalones torcidos. El coche azul en la entrada. Mi abuela empujándome, cristales sucios. Mamá, descalza sobre la nieve, golpeando la venta. Mamá corriendo detrás del coche. La silueta de su bata roja, bailando entre el blanco de la nieve. Y poco más.